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La angustia y la nada son siempre correspondientes entre sí (KIERKEGAARD).

Morfología y Evolución Imprimir E-Mail
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MORFOLOGÍA Y EVOLUCIÓN

 

El término de “evolución” se utilizó inicialmente para el desarrollo del embrión en el preformismo. Y pasó a significar el desarrollo histórico de las formas de vida, que se consideraba progresivo y teleológico (hacia el hombre).

La posibilidad de un cambio en las especies fue una idea que atravesó todo el siglo XVIII. También la idea de una transmisión de los caracteres adquiridos estuvo presente y en esta etapa constituyó una secuela necesaria de toda idea de signo transformista.

Lamarch pretendió elaborar una “Física terrestre”, que estaría dividida en Meteorología, Hidrogeología y Biología. Buscaba regularidades en la meteorología, que no aparecían, por otra parte, la Revolución Francesa interfirió en sus trabajos.
Sostuvo teorías curiosas. Partía de los cuatro elementos y negaba la existencia de afinidades; los elementos no tendrían tendencia a formar compuestos, por lo que los existentes serían un producto del mundo orgánico, originados por sus despojos y sus detritus. Al final solo quedaría tierra pura. Las montañas y el relieve habían sido formados por la erosión del agua y los materiales, de desechos de animales y vegetales, iban a parar al fondo de los océanos, los cuales no se llenarían porque la luna retardaría la rotación de las aguas, produciendo desgaste, cuyo resultado sería un desplazamiento insensible, gradual y cíclico de las cuencas oceánicas en torno al globo. Al mismo tiempo, se produciría un desplazamiento del eje terrestre que llevaría a la variación histórica de los climas en distintas partes de la tierra.

En este trasfondo, Lamarck expuso la concepción de una transformación en las especies, partiendo de una separación radical entre los mundos inorgánico y orgánico. En el mundo viviente se presentaba una serie continua de individuos, en donde las fronteras de la clasificación se desvanecerían. A pesar de la arbitrariedad de las mismas, se podían obtener clasificaciones útiles. Desde estas concepciones, Lamarck rechazaba el “mapa” como imagen del orden natural y defendía la existencia de una escala relativa a la creciente complejidad en la organización. Dentro de esta serie continua se podían distinguir “masas” (clases y grandes familias) principales, con un sistema particular de órganos esenciales. Lo mismo podría decir del reino vegetal, aunque al no poderse establecer fácilmente diferencias en la organización, la clasificación debía recurrir, como se había venido haciendo, a caracteres morfológicos.

Teniendo todo esto en cuenta, Lamarck sustituyó la división tradicional entre animales de sangre roja y de sangre “blanca”, que se remontaba a Aristóteles, por la separación entre vertebrados e invertebrados, elaborando una clasificación que está en la base de la actual. A pesar de darse una progresión regular en la organización, Lamarck señalaba la presencia en ella de desviaciones y anomalías. Estas las achacaba a la influencia del entorno y de los hábitos contraídos por el animal.

Cuando las circunstancias del hábitat cambian, por las razones que sean, cambian también las necesidades del animal y las acciones destinadas a satisfacerlas, con lo que este adquiere nuevos hábitos. Estos le inducen a emplear diversamente algunos órganos, o incluso a dejar de utilizarlos. En este último caso el desuso conduciría a un debilitamiento progresivo del órgano que terminaría por hacerlo desaparecer. Alternativamente, nuevas necesidades conducirían a la creación de nuevos órganos y a su gradual desarrollo con el transcurso del tiempo. Estos cambios en el hábitat no tenían por qué ser más o menso bruscos: las condiciones que en la actualidad parecen estables pueden estar variando con tan gran lentitud que harían inapreciables estos cambios; de ahí la estabilidad aparente que se observa en las especies. De este modo, no serían los órganos los que darían lugar a las funciones; al contario, serían las funciones, los hábitos, los que determinarían la constitución del animal. Las modificaciones así adquiridas se transmitirían a la descendencia, siempre y cuando las compartiesen ambos progenitores; en otro caso, la mezcla de cualidades diferentes difuminaría esta transmisión. Naturalmente, las mutilaciones quedarían fuera de este esquema y no se transmitirían. Aquí Lamarck se limitó a recoger una idea que, como se ha visto, se había ya presentado por otros autores; en este punto no elaboró ninguna teoría propia. Por otra parte, hay que tener cuidado con la expresión “herencia de los caracteres adquirido”; sugiere una concepción de la herencia como algo fijo y bien definido que es propia de una época posterior.

Sus ideas están en buena medida fundadas en sus investigaciones sobre invertebrados, que le llevaron a estudiar la vía en los escalones más bajos de organización. Es precisamente la organización lo que caracteriza la vida, pues la materia orgánica no se distingue de la inorgánica.

Lamarck caracterizaba al cuerpo vivo como una composición de partes flexibles continentes, formadas por tejido celular y materias fluidas contenidas en su seno. La vida estaría caracterizada por una especie de tensión o eretismo del compuesto que mantendría en movimiento a estos fluidos a esta tensión la denominó orgasmo, y puede estar provocada desde el exterior o desde el interior del organismo.
La vida era para Lamarck un fenómeno de origen fisicoquímico, y si hablaba en ocasiones de una fuerza de este tipo lo hacia refiriéndose a la orientación particular que la organización imprime a las mismas leyes físicas que la posibilitan.
Con este esquema explicó la transformación de las especies, resultado de un progreso doble. Por un lado, existe una tendencia en los seres vivos a complicar gradualmente su organización, la cual daría lugar a una escala gradual y continua si no interviniese la acción de las circunstancias.

Por otro lado, en este proceso el cambio de las circunstancias influye directamente en los vegetales y modifica los hábitos en los animales, y por lo tanto el ejercicio de los órganos, que se transforman en consecuencia, desarrollándose y modificándose apropiadamente con el uso o, por el contrario, debilitándose con el desuso hasta terminar por desaparecer.

Lamarck fue un hombre de la Ilustración, sus influencias y concepciones de la filosofía natural son en buena medida ilustrados: el desarrollo de la organización denota una cierta influencia de la embriología cartesiana, así como en otras de sus ideas está en deuda con el stahlismo francés y con Buffon. Pero su concepción de la biología preludia una nueva época.

Hasta principios del s. XIX la anatomía se había limitado en gran medida al ser humano, constituyendo una especia de topografía médica.

Esta situación cambia con las investigaciones de Georges Cucier y Geoffroy de Saint-Hilaire, que desvincula la anatomía comparada de la medicina, con lo que el estudio del ser humano dejó de ocupar un lugar central. Estos cambios se prepararon durante la Ilustración, donde se realizaron algunos trabajos en esta dirección, desarrollando los métodos comparativos de los caracteres morfológicos de los diversos organismos, distinguiéndose entre morfología estructural y funcional. Se ordenaron jerárquicamente las funciones vitales y se correlacionaron con la creciente complejidad en la escala de los seres.

George Cuvier, convirtió a la anatomía comparada en una disciplina independiente, base de la síntesis entre ésta, la taxonomía y la paleontología. Su base era un funcionalismo teleológico, según el cual las que llamó “condiciones de existencia” del animal, dependen de la correlación de sus partes, de su integración funcional.

Para él, el organismo no era una mera yuxtaposición de órganos, sino un sistema coordinado que posibilitaba la forma de vida del animal. A este principio de correlación de las partes, Cuvier añadió otro principio de subordinación de caracteres, que permitía una clasificación natural del reino animal; el peso de un carácter venía determinado por su importancia funcional.

Estudió y comparó los órganos de la locomoción, digestión, circulación, respiración, etc. Dio la mayor importancia al sistema nervioso del que estableció cuatro tipos que se correspondían con otros tantos planos generales de organización o tipos morfológicos fundamentales, ya establecidos por él mismo una década atrás: vertebrados, articulados, moluscos y radiados. Estas ramas se subdividían atendiendo a los sistemas respiratorios, circulatorios, etc., hasta llegar al nivel de las especies. Ello suponía una ruptura de la cadena del ser; Cuvier no creía en la existencia de formas intermedias. Tampoco contempla la existencia de distribuciones graduales de organización.

Cuvier extendió su zoología al pasado, por lo que se lo consideró el fundador de la paleontología. Mostró que la extinción de animales como el mamut, era un hecho. Dado que Cuvier no siempre podía trabajar sobre esqueletos completos, bien conservados, recurrió a su principio de correlación para reconstruirlos.
Llevó a cabo diversos trabajos de campo con el geólogo y paleontólogo Alexandre Bongiart, y confirmo que las formaciones geológicas sucesivas podían correlacionarse, en mayor o menor grado, y constataron la presencia alternada de moluscos de agua salada y de agua dulce, en su estudio de las formaciones terciarias en los alrededores de Paris. La cual condujo a Cuviert a suponer que en la historia del planeta se habían sucedido diversas revoluciones. Estas revoluciones eran incursiones repentinas de las aguas, que habían causado extinciones en zonas que posteriormente podrían haber sido pobladas por migración desde otros lugares. Frente a la plasticidad de las especies defendida por Lamarck, defendia su estabilidad.

Geoffroy de Saint-Hilaire, por su parte, propuso desarrollar la anatomía comparada en la búsqueda de un plan estructural, el cual constituiría el objeto de la que llamó “anatomía filosófica”.

Esta inspiración proviene probablemente de Buffon, quien había comparado las estructuras óseas del caballo y del ser humano y había lanzado la idea de la existencia de un arquetipo. La idea era que esos animales tendrían el mismo número de partes dispuestas precisamente del mismo modo, al margen de la forma y del desempeño funcional específico de estas partes.

Para llevar a cabo la comparación, Geoffroy comenzó con el esqueleto y aplicó el concepto de “homología”. Las partes de diferentes vertebrados son homologas cuando ocupan un lugar semejante en la estructura (mano y ala de murciélago). Y si desempeñan la misma función, las partes se denominan “analogías” (alas de las aves y de los insectos).

A partir de ello, Geoffroy empleó dos principios. El principio de las conexiones, donde las partes podían variar en forma y en función, pero difícilmente se podían trasponer, con lo que las conexiones entre estas partes constituían una guía para el establecimiento de homologías.

Luego está el principio de economía que según el cual el desarrollo de una parte del animal conlleva la atrofia de otra. Así el arquetipo sería un abstracto en el que todas sus partes poseerían el máximo desarrollo.

Para el establecimiento de homología, Geoffroy recurrió también al desarrollo embrionario. Encontró que el cráneo de las aves y el de los mamíferos estaban formados por el mismo número de piezas, y mostró que lo mismo sucedía en el caso de los peces.
También en Alemania se había hecho la idea de un arquetipo bastante común. Allí la influencia de la filosofía romántica (Naturphilosophie), se dejó sentir fuertemente en el campo de la anatomía, dando lugar a lo que se ha llamado también anatomía idealista o trascendental. En dicha anatomía se establecieron paralelismos tanto entre las partes de cada organismo como entres las etapas del desarrollo embriológico de éste y la jerarquía de las especies dada por su nivel de organización. En realidad se trata de la misma línea de indagación seguida por Geoffroy. No obstante, dentro de la Naturphilosophie los estudios anatómicos cobraron en algunos autores unas dimensiones místicas y cósmicas que estuvieron ausentes de la obra de Geoffroy.

El primero en plantear la que se ha denominado homología serial de las partes fue Johann Wolfgang von Goethe. Defendió la existencia de un arquetipo ideal para todos los vertebrados, creía que los distintos huesos no serían sino modificaciones de un mismo prototipo, una vértebra. Defendió una teoría vertebral del cráneo según la cual éste estaría formado por un conjunto de vértebras transformadas. Idea que fue aceptada por lo general por los naturalistas alemanes. Otra idea, que en la segunda mitad del siglo, tras la formulación por Darwin y Wallace de su teoría de la evolución, vendría a reformularse como la “ley de la recapitulación embriológica”, pero que en sus inicios fue tan solo una ley de paralelismo, ampliamente compartida.

Algunos seguidores de Geoffroy presentaron trabajos sobre homologías en otras de las ramas identificadas por Cuviert en el reino animal, además de los vertebrados.
Geoffroy extendió la búsqueda de homologías a dos de estas ramas, comparando el esqueleto de los vertebrados con el exoesqueleto de insectos y crustáceos. Concluyó que estos últimos vivían “dentro de su columna vertebral”, a diferencia de los vertebrados, que lo hacían “fuera”.

Esta idea suscito la oposición de Cuvier, puesto que Geoffroy no sólo daba primacía a la estructura en detrimento de la función, sino que también buscaba conectar los cuatro planes de organización que Cuvier había declarado definitivamente independiente (vertebrados, artrópodos, moluscos y radiados).

Comenzó así un enfrentamiento entre ambos que culminaría diez años después.
Entretanto, Geoffroy, en conexión con el estudio de malformaciones en el feto, esbozó algunas concepciones evolucionistas. Supuso que, si una acción más o menos violenta del medio sobre el feto producía malformaciones, una modificación más suave de aquel podría conducir a efectos más modestos que darían cuenta de la transformación entre las especies. Esto era un punto de contacto con las ideas de Lamarck, quien, como se ha visto, hacía intervenir la influencia del medio. Pero, allá donde Lamarck suponía cambios muy graduales a lo largo del tiempo, Geoffroy apreciaba variaciones más repentinas causadas por cambios abruptos en las condiciones medio-ambientales; dentro de éstas especuló con un descenso en la cantidad de oxígeno atmosférico con el transcurso del tiempo. En este contexto, solo sobrevivían los animales con modificaciones favorables.

Cuviert defendía la necesidad de ceñirse a los “hechos positivos” y rechazaba especulaciones como la actividad autónoma de la naturaleza, la cadena del ser y la unidad de composición, tachándolas de fantasías metafísicas carentes de fundamento; aprovechó también la ocasión para atacar al transformismo, al que vinculó las concepciones de Geoffroy. Pero su posición no dejaba de apoyarse en supuestos religiosos y metafísicos.

Geoffroy, por su parte, defendía la libertad del naturalista para despegarse de la exclusiva constatación de los hechos y formular teorías generales a partir de estos, y acusaba a Curvier de abusar en sus concepciones de las causas finales.
En las dos décadas siguientes sus sucesores buscaron reconciliar ambas posturas. Aceptaron las ramas de Cuvier, pero reconocieron también la importancia de las homologías dentro de cada una de ellas. Y, junto con la valoración de los hechos, estimaron como una tarea del naturalista la búsqueda de regularidades, superando las explicaciones de carácter teleológico. A esta síntesis se la ha denominado en alguna ocasión “concepción ramificada”.

La síntesis de mediados del siglo buscaba combinar la unidad con la diversidad, el estudio de las similitudes (Geoffroy) con el de las diferencias (Cuvier). En ella se aceptaron las cuatro ramas de Cuvier y la importancia de los estudios funcionales, pero también la existencia de un arquetipo dentro de cada una de ellas.

Desde la embriología alemana, Karl Ernst von Baer, se opuso a la concepción de una serie lineal y de un único arquetipo. En su lugar, defendió que existían cuatro de estos tipos, correspondientes a las cuatro ramas de Cuvier y distinguió entre “grado de desarrollo” y “tipo de organización”.

El grado de desarrollo de un animal vendría dado por la menor o mayor diferenciación morfológica; el tipo de organización tenía que ver con la posición relativa de los elementos del organismo, y vendría expresado en cada una de las ramas por su correspondiente arquetipo.

En Francia, el máximo representante de esta posición fue H. Milne-Edwards, poniendo mayor énfasis en el estudio de los procesos funcionales en el animal vivo, así como en el de su desarrollo embrionario.

La figura más importante de la anatomía idealista británica fue Richard Owen. Owen, siguiendo las ideas de Geoffroy y de los anatomistas comparados alemanes, presentó su concepción de una vértebra ideal. Distinguió entre homologías “especiales” (relación entre partes de dos especies distintas), “generales” (relación entre una parte de una especie dada y la correspondiente de su ideal, obtenido éste por generalización) y “seriales” (relaciones entre partes del mismo organismo).

También clasificó los mismos conceptos de homología y de analogía, reservando para el primero la idea de una similaridad esencial, y para el segundo la de una similitud de función. Owen aceptó las ideas embriológicas de von Baer y con ellas las cuatro ramas de Cuvier.

En el campo de la geología, Werner y su escuela neptunista iniciaron el que se ha denominado “giro historicista” en geología. Ahora la investigación se orientó en buena medida hacia la reconstrucción en el tiempo del orden de las formaciones geológicas. El criterio básico para tal ordenación por edad fue el orden de superposición: las formaciones más superficiales serían las más recientes. De acuerdo con las concepciones de Werner, las formaciones, depositadas sucesivamente a partir de las aguas del océano, cuya composición química uniforme habría variado con el tiempo, debían corresponderse no solo en orden, sino también en altura y en composición mineralógica. Sin embargo, la teoría del océano en retroceso no llegaba a explicar fenómenos como la formación relativamente reciente de montañas y la inclinación de los estratos.

La historiografía tradicional ha supuesto que en la primera mitad del siglo el catastrofismo de Cuvier triunfó decisivamente sobre las concepciones continuistas y transformistas de Lamarck, pero investigaciones más recientes apuntan a que, aun hallándose el catastrofismo ampliamente extendido, las concepciones transformistas no desaparecieron de la escena, y a que la cuestión no quedó en modo alguno zanjada.

Charles Lyell desafió a la “geología diluvial”, desde una posición uniformista. Según la concepción de Lyell, los fenómenos geológicos mantendrían entre si un equilibrio dinámico con el transcurso del tiempo, con creación y destrucción de formaciones. Desde su actualismo, aceptó tan solo los fenómenos que operan en la actualidad, y desde su uniformismo supuso que la intensidad de esta operación no había cambiado con el tiempo. Ello suponía eliminar la direccionalidad del enfriamiento del planeta. Para dar cuenta de la antigua flora y la fauna de Europa, propuso que la climatología de cada región estaría determinada por la distribución de las ramas terrestre y marina, la cual cambiaban constantemente por la acción de fuerzas geológicas. Su uniformismo le llevó a negar el desarrollo progresivo de la vida para lo que se apoyó en Cuvier.

El constante cambio en la geografía física provocaba la modificación de las condiciones ecológicas, lo que explicaba la diversa implantación de la flora y de la fauna en las diferentes regiones del globo. De modo que para Lyell la variabilidad climática daba cuenta de la diferente distribución de fósiles en las distintas regiones, que constituían “provincias” botánicas y zoológicas distintivas. Con ello cobraba importancia la biogeografía histórica.

Lyell admitió que algunas especies podían haberse extinguido a causa de los cambios climáticos; también que, si la presión poblacional aumentase mucho en un área, se establecería una lucha entre especies que podrían terminar con la aniquilación de la especie perdedora.

Para salvar el equilibrio dinámico, Lyell contempló la creación continua de especies, aunque no trató de justificar este proceso, señalando, por otra parte, que resultaría muy difícil de observar.

Dentro de este esquema, la especie humana habría aparecido tardíamente, distinguiéndose por su condición moral, que le hacía ocupar un lugar especial.
El uniformismo y el antievolucionismo de Lyell venían a enfrentarse a una concepción que, aun siendo vaga y general, iba cobrando consenso.

En términos generales, las críticas que recibió su obra se dirigieron hacia su uniformismo, tanto en su vertiente geológica como en la biología.

En los años inmediatamente anteriores a la publicación de la obra capital de Darwin, se puede señalar la presencia de un pensamiento evolucionista fuertemente vinculado a las ideas de desarrollo y de progreso. Pero no existía ninguna propuesta clara y documentada de la ley natural que regía estos cambios, del mecanismo de la evolución.

Tal propuesta la elaborarían Darwin y Wallace.

Wallace influido por Lyell y Chambers publicó un trabajo en el que afirmaba que “cada especie llega a la existencia coincidiendo en el tiempo y en el espacio con otra especie preexistente estrechamente relacionada con ella”, una ley empírica basada en sus estudios de distribución geográfica. Finalmente encontró la causa de la especiación gracias a la lectura del libro de Malthus: si los recursos están limitados en los reinos vegetal y animal, se establecería una lucha por la existencia que supondría una selección natural de los organismos mejor preparados. Redactó sus ideas y se las envió a Charles Robert Darwin. En este trabajo presentaba una teoría de la evolución en la que los cambios en las condiciones del entorno hacían perecer a las variedades, que no alcanzasen los nuevos requisitos impuestos para la supervivencia. Estas ideas recogían en alguna medida las que el propio Darwin había venido elaborando desde dos décadas atrás y decidió presentar ante la Sociedad el trabajo de Wallace junto con un extracto de sus propios escritos. Y a finales de 1859 publico su Origen de las especies.
Fue esta obra la que abrió el debate sobre la teoría de la evolución por selección natural.
En 1838 se convirtió Darwin del uniformismo al evolucionismo y comenzó a recoger datos y a elaborar su teoría. En una primera etapa Darwin pensó que todas las variaciones eran adaptivas.

Muchos de sus pensamientos eran comunes a las ideas de muchos de sus contemporáneos que admitían de buen grado que la existencia de variedades dentro de la misma especie respondía a las diferentes condiciones ambientales; lo que distinguía a Darwin era su convicción de que, si las condiciones ambientales siguen sometidas a cambio, esta variabilidad no sería limitada, sino que daría lugar a una nueva especie. Aquí, la transmutación actuaría de un modo intermitente: si el medio permanece estable, la especie, una vez adaptada, no cambia.

La lectura de Mathus le dio a Darwin la idea de una lucha por la existencia dentro de cada especie como el mecanismo de una selección natural.
Pero para llegar a la formulación final de la teoría se necesitaban todavía otros elementos. Uno era que las variaciones sobre las que actuaba la selección surgían aleatoriamente y tenían así un diverso valor adaptivo; la influencia del medio y la subsiguiente transmisión hereditaria de caracteres adquiridos pasaban de este modo a constituir un mecanismo secundario.

Otro elemento tiene que ver con la adaptación: si ésta es perfecta y el medio permanece estable, la evolución cesa y entonces no se produce divergencia entre las distintas ramas con el transcurso del tiempo.

Parece que Darwin tuvo que modificar en este sentido su concepto de adaptación, algo en lo que influyeron autores como Carpenter, Owen, Milne-Edwards. Manteniendo la forma arquetípica correspondiente a su rama, las distintas especies presentaban diferentes grados de especialización y desarrollo que, como mostraba el registro fósil, aumentaba con el transcurso del tiempo.

Desde el evolucionismo de Darwin, esta divergencia gradual hacia formas más desarrolladas se podía explicar genealógicamente si la selección natural actuaba sin intermitencias.

Aun cuando las condiciones ambientales fuesen estables, la selección natural actuaría sobre los individuos de una especie que, presentando variaciones aleatorias, se hallarían diversamente adaptadas; solo desde esta concepción se podría hablar de una competición por la existencia entre dichos individuos. El esquema ramificado divergente también explicaba la subordinación de grupos en la clasificación jerarquizada de los seres vivos.

El darvinismo, y con él la idea de la evolución, fueron ganando aceptación a lo largo de la década de 1860. Pero este hecho no implicaba necesariamente la adopción de la selección natural, que fue ampliamente discutida y a la que en general se le negó el papel de mecanismo principal.

El mismo Darwin consideró no sólo a la selección natural consistente de variaciones favorables de entre un conjunto de variaciones aleatorias, sino que también consideró la existencia de variaciones adaptivas. Clasificó las variaciones en diversos tipos: espontáneas, sin causa conocida (mutaciones): variaciones provocadas por el medio y variaciones provocadas por el uso y desuso; en la línea de Lamarck aunque nunca acepto la idea de éste de la existencia de una fuerza interior para el desarrollo).
Del primer tipo apenas habló, en cuanto a las variaciones originadas por la acción del medio, distinguió entre las definidas y las indefinidas. Las primeras serían adaptivas; las segundas, que consideraba bastantes más numerosas, aleatorias. Así que para Darwin la selección natural era el mecanismo principal, pero no el único de la evolución.

Para explicar la transmisión de las variaciones formuló una teoría de la herencia, no demasiado original y a tono con las creencias de la época, se la denomina de la “pangénesis”. En esencia, consiste en que las células del organismo desprenden unas partículas o “gémulas” que a través de la circulación sanguínea van a pasar a las células sexuales, y se encargan de reproducir en la descendencia la parte del cuerpo de la que proceden.

La acción del medio puede provocar cambios en estas gémulas; y la herencia de los caracteres adquiridos se explica porque los cambios en el organismo adulto quedan reflejados en las gémulas que se desprenden de sus distintas partes.

A pesar de todas las objeciones habidas y por haber a la selección natural, ésta se mostraba especialmente apta para dar cuenta de los datos de la biografía. En el terreno de la clasificación, justificaba el sistema natural como el resultado de una selección genealógica que, gracias a la divergencia desde una rama o tronco común, explicaba las diversas jerarquías taxonómicas. El arquetipo pasaba a interpretarse como un ancestro común cuyas principales características habrían perdurado en su descendencia, lo que explicaba las homologías; los órganos atrofiados observados en las especies actuales habrían sido funcionales en otro tiempo, perdiendo esta característica a lo largo del proceso evolutivo.

(“Historia de la Ciencia” – Carlos Solís y Manuel Sellés)

 

 
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